Sebastián Dreyfus*

CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

"Hoy, en tiempos de extrema globalización, de cambios climáticos alarmantes, crecientes problemas migratorios, resurgimiento de los nacionalismo y populismos, plagados de ideologías y reivindicaciones, de abusos insoportables y generalizados que van dejando heridos y descartados en el camino, vale la pena volver poner la mirada en esos hombres y mujeres alemanes"

Comenzábamos a despedir la década de los ochenta y la noche del 9 de noviembre de 1989 nos deparaba un hecho que cambiaría la historia: la caída del muro de Berlín. En ese entonces tenía casi veinte años y veía atónito por televisión cómo hombres y mujeres, niños y adultos, familias enteras se agolpaban en el muro;  y con sus propias manos y herramientas, a golpes, derrumbaban esa pared ideológica que se había levantado a principios de los sesenta en plena Guerra Fría. Este acontecimiento expresaba la profunda alegría, compañera de la tan anhelada libertad, tan magníficamente plasmada por Beethoven en su Quinta Sinfonía que sonaba fuerte como música de fondo en la Puerta de Brandeburgo.

Entre los líderes políticos de ambos bloques, por entonces Gorbachov y Reagan, surgía la figura del Papa Juan Pablo II como gran artífice del cambio. Karol Józef Wojtyła había vivido en su natal Polonia los horrores de la guerra y en ellos había descubierto y madurado su vocación al sacerdocio. En plena Guerra Fría, ya como obispo, había experimentado en él y en su querida gente las consecuencias de una ideología totalitaria y atea que subordinaba la libertad individual y la propiedad privada a las decisiones de una minoría.

Pocos años antes lo habíamos recibido en Chile como el Mensajero de la Paz que nos salvó de una guerra con Argentina y que a través de nuestra Iglesia local nos alentaba a retornar a la democracia de manera pacífica como lo había hecho en su época de cardenal en Polonia; apoyando la lucha por la fe, los valores y los principios democráticos con ejemplos notables como el movimiento Solidaridad encabezado por Lech Walesa quien años después sería presidente de Polonia.

Para entender el momento que se vivía y cómo enfrentar los desafíos futuros, San Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus, el año 1991 reconocía tres elementos claves.

En primer lugar, ubicaba la razón principal de la caída de los socialismos reales en un error antropológico. El marxismo había prometido desenraizar del corazón humano la necesidad de Dios; pero los resultados demostraron que no es posible lograrlo sin trastocar ese mismo corazón.

En segundo lugar, a cien años de la Rerum Novarum, reconocía en el sistema occidental de mercado un mecanismo eficiente en la creación de productos y servicios para satisfacer las necesidades de la sociedad.

En tercer lugar, hace un llamado de atención hacia el futuro, en cuanto a que la primacía del materialismo y la falta de Dios establece estructuras sociales que atentan contra la familia y la vida. “Demoler tales estructuras y sustituirlas con formas más auténticas de convivencia es un cometido que exige valentía y paciencia” (CA 38).

Hoy, en tiempos de extrema globalización, de cambios climáticos alarmantes, crecientes problemas migratorios, resurgimiento de los nacionalismo y populismos, plagados de ideologías y reivindicaciones, de abusos insoportables y generalizados que van dejando heridos y descartados en el camino, vale la pena volver poner la mirada en esos hombres y mujeres alemanes y descubrir que en sus corazones y  voluntades pudieron hacer más en la búsqueda y construcción del bien común. Hagamos de la casa común, del ser humano y de la familia verdaderos santuarios de la vida como regalo y misión.

*Ingeniero Civil Industrial, Universidad Católica. CEO de Webpartner Chile y vocero de Voces Católicas.