Juan Pablo Cannata*

EL DIÁLOGO, CAMINO DE LA PAZ

"Sin un terreno compartido, no hay diálogo posible; sin diálogo no hay apertura al mensaje del evangelio. Este camino de solidaridad comunicativa no aspira a vencer sino a convencer e inspirar, y se plantea argumentar sin derrotar"

Hoy celebramos el Día Internacional de la Paz. La Asamblea General de la ONU lo ha declarado una jornada dedicada a fortalecer los ideales de paz, tanto dentro de las naciones, como entre todas ellas y sus pueblos. Desde el punto de vista de la Iglesia, la paz es uno de los valores centrales: el n. 166 del Compendio de la Doctrina Social   indica que las exigencias del bien común atañen, en primer lugar, al compromiso por la paz. 

Si vamos a la historia, Pío XII eligió como lema “Opus iustitiae pax” —la paz es fruto de la justicia—, y esta leyenda acompaña su escudo en numerosos edificios romanos.  En los últimos años 60, Pablo VI consagró un nuevo rumbo en Populorum Progressio: “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”.  Finalmente, Juan Pablo II, reconocido como “mensajero de la paz”, llevó este postulado a sus últimas consecuencias en Sollicitudo rei socialis (1987), 20 años después: Hoy se podría decir, con la misma exactitud y análoga fuerza de inspiración bíblica, Opus solidaritatis pax, la paz como fruto de la solidaridad.  El objetivo de la paz, tan deseada por todos, solo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos, para construir juntos, dando y recibiendo, una sociedad nueva y un mundo mejor”.

Nuestras sociedades latinoamericanas tienen por delante el desafío de vivir unidas y superar la división en un ambiente atravesado por grietas y tensiones.  Sin embargo, a pesar de este compromiso de la Iglesia con la paz y la convivencia pacífica, proliferan en ambientes católicos metáforas bélicas que convocan batallas y guerras culturales, e instalan un estado de enfrentamiento permanente, casi siempre como reacción a otros activismos. 

Las incompatibilidades de fondo y forma se perciben tan peligrosas que reclaman la lucha total: la cultura de vida contra la cultura de la muerte, la moralidad contra la perversión.  Predomina el tono moralizante, que clasifica en bandos de buenos y malos.  Esta actitud gana legitimidad cuando los ataques son concretos y el daño, palpable.  Desde allí surge como “resistencia”, con disposición al martirio social.  A veces, se llega hasta justificar el maltrato o la violencia simbólica —defensa propia— contra los enemigos —agresores—.  Abundan las declaraciones enérgicas y las marchas combativas, que configuran frecuentemente una comunicación paradójica: al defender con agresividad unos valores determinados se oscurece el testimonio de la caridad. 

Estas aguas turbulentas dificultan la conversación pública de manera notable, ya sea por las “polarizaciones”  que dividen a varios países occidentales, ya por el multiculturalismo global, ya por la expansión de demandas sociales legitimadas en la ética de la autonomía.  Como resultado, se desconfía del diálogo de diversas maneras: el contexto se convierte en una amenaza y, por lo tanto, la posibilidad de una conversación mutuamente enriquecedora se vuelve una quimera y, quienes la intentan, unos ingenuos.  Los pacíficos ya no parecen bienaventurados. 

En este contexto, Catholic Voices se propone “aportar luz, no calor” —pocas cosas buenas surgen de intercambios acalorados—, a través de una forma de testimonio y diálogo en los debates actuales que se fundamenta en sintonizar con las intenciones positivas de los demás y en argumentar desde los valores compartidos por detrás de las críticas.  En tiempos inestables, a algunos les puede parecer poco. Pero, con Benedicto XVI apostamos a decir:  el catolicismo es una opción positiva; es muy importante que esto se vea nuevamente

Sin un terreno compartido, no hay diálogo posible; sin diálogo no hay apertura al mensaje del evangelio. Este camino de solidaridad comunicativa no aspira a vencer sino a convencer e inspirar, y se plantea argumentar sin derrotar.  Reconoce los límites, pero se apoya en lo común. No confía en un irenismo ingenuo, sino en que, ante los debates más complejos de nuestra sociedad, es mejor —como ha expresado en estos días Sean Penn— “reducir la velocidad”, superar los hashtags y los eslóganes y ofrecer una visión más serena, que no quiere decir larga, aburrida o poco incisiva. 

El Papa Francisco llama “cultura del encuentro” a esta ética del diálogo.  Las jornadas de oración por la paz en Asís son un ejemplo paradigmático.  Un resumen de su propuesta puede verse en la charla TED “Por qué nuestro único futuro digno debe incluir a todos”.  En el Día Internacional de la Paz, concluyo recordando los cuatro principios de trabajo —recogidos en Evangelii Gaudium— para hacer frente a los desafíos del mundo actual, que son el cañamazo sobre el que podemos reconstruir nuestro entramado comunitario:

a)    El tiempo es superior al espacio: los procesos son más importantes que el poder y el control. 

b)   La unidad prevalece sobre el conflicto: es posible caminar hacia la unidad, empezar un camino de acuerdo y dar un paso hacia adelante.

c)    La realidad es más importante que la idea: la mejor manera de comenzar el camino es colaborar en problemas concretos. Primero trabajemos juntos y, luego, dialoguemos sobre las ideas. 

d)   El todo es superior a la parte: construir un poliedro, que incluye las diferencias y las distintas perspectivas, pero que las aúna en una dimensión superior. 

 

Juan Pablo Cannata es Licenciado en Comunicación de la Universidad Austral de Argentina y Magister en Sociología por Flacso. Investigador y profesor de discurso público y tendencias sociales en la Universidad Austral (Argentina) y coordinador de Catholic Voices para Cono Sur.