*Por Mae Errázuriz

MÁS ALLÁ DE LAS CENIZAS

"...y que los graves delitos y errores de la Iglesia no serán el final de la historia, sino el florecer de una nueva sensibilidad que sepa dar respuesta a los anhelos más profundos del hombre, a un renacer de la espiritualidad y de un encuentro personal con Cristo."

Para los católicos hablar de la Iglesia en este momento es sinónimo de dolor. Y el dolor cansa, ya la mayoría no queremos enterarnos de más cosas. Como dijo Monseñor Scicluna, al referirse a los caso de los abusos en Chile, el problema en nuestro país ha sido como “abrir una caja de pandora”.

Cuando ya todo se pone tan oscuro, resulta tentadora la evasión, pero justamente es ese mecanismo el que quiere combatir el Papa. Y este es un llamado no solo para la jerarquía de la Iglesia sino para todos sus miembros.

El Papa Francisco en el Encuentro sobre el Cuidado de Menores que se realiza en El Vaticano por estos días, está señalando, como buen pastor, la actitud y el modo de vivir esta dolorosa crisis para transformarla en camino de purificación y conversión.  El primer paso que nos muestra es estar con los pies en la tierra (Dios se hizo hombre) y ser capaz de mirar la realidad de frente, aunque esto conlleve inestabilidad, cuestionamiento y sufrimiento. En este momento nos invita a vivir la centralidad de Jesucristo en la centralidad de las víctimas de los abusos (de poder, de consciencia y sexual). Es ahí donde están las heridas de Cristo y es ahí donde debe volcarse la Iglesia completa para ser consuelo y bálsamo dentro de lo posible. Para esto, es fundamental escuchar, exponerse a sus heridas, abrirse a sus relatos y que estemos dispuestos de acompañarlos en ese camino de  dolor.

Mucho se habla de los posibles frutos de este encuentro. No es fácil adivinarlo, sólo Dios lo sabe. Sí está claro, que su misma realización da señales de apertura, transparencia y responsabilidad. Hay quienes temen que esto quede solo en buenas intenciones. Efectivamente, la curación no es fácil, ya que más allá de protocolos lo que se pretende es lograr cambiar una cultura y transformar este mal en una toma de conciencia y purificación. Tarea compleja y que sin duda tomará su tiempo. No es justo ni acertado emitir un juicio sobre el encuentro cuando éste termine, hay procesos que requieren tiempo para madurar.

“Armados de fe”, tal como señaló el Papa en su apertura, no podemos dejar de considerar al actor principal: Dios mismo. Tengamos esperanza en que Dios hará lo suyo y que los graves delitos y errores de la Iglesia no serán el final de la historia, sino el florecer de una nueva sensibilidad que sepa dar respuesta a los anhelos más profundos del hombre, a un renacer de la espiritualidad y de un encuentro personal con Cristo.

Es cierto, la institucionalidad de la Iglesia está en crisis, y grave, pero el núcleo está vivo. El núcleo, como siempre, sigue siendo Cristo y el Espíritu Santo, y aunque en este momento se nos borre la visión, la Iglesia es un tesoro escondido que sigue despertando experiencias de amor y encuentro.

No hay duda que la Iglesia como institución debiera favorecer este encuentro y ser un cristal que permita transparentar el amor de Dios. En este sentido resulta evidente que en la Iglesia necesitamos un cambio.

Una luz sobre este tema nos la da Ratzinger en la conferencia que dictó en 1970: “reforma, en su significado original, es un proceso espiritual, totalmente cercano al cambio de vida y a la conversión, que entra de lleno en el corazón del fenómeno cristiano: solamente a través de la conversión se llega a ser cristianos; esto vale tanto para la vida particular de cada uno como para la historia de toda la iglesia. Esta vive como iglesia en la medida en que renueva sin cesar su conversión al Señor, al evitar cerrarse en sí misma y en sus propias costumbres más queridas, tan fácilmente contrarias a la verdad”.

 

María de los Ángeles Errázuriz

Directora ejecutiva

Fundación Voces Católicas